Por: Sergio Acevedo Valencia

Columna diario La Patria

Funesto secuestro como el de cualquier humano, la partida obligada hizo que la Perla del Ingrumá tuviera un gran retroceso del cual apenas empieza a despertar. Conocí a Lizcano cuando yo tenía unos 12 años y mi familia participaba, como siempre, en las campañas conservadoras en mi pueblo. Con mi hermano ayudábamos a entregar los refrigerios a los colaboradores en cada elección, dábamos la información de los puestos de votación o íbamos en jeeps a recoger la gente que apoyaba al partido.

Con Lizcano, varios sábados recorrimos algunas de las casi 100 veredas que tiene Riosucio, subidos en jeeps Óscar era uno más entre todos los pobladores. Óscar es un verdadero político, su vida era en función de ello, madrugaba todos los días y hasta tarde en la noche estaba con las comunidades, en su círculo más cercano está mi tío Álvaro Valencia Trejos, quien sagradamente lo acompañaba cada fin de semana a Riosucio.

Con el impulso de la candidatura y posterior elección a la Cámara de Representantes, se lograron llevar cientos de recursos a la provincia caldense, desde infraestructura hasta programas sociales.
Cuando vi en la mañana del domingo a los dos fugados de las garras de la guerra y el secuestro, la dos caras se me hicieron conocidas y cuando escuché los apellidos no me quedó duda que el carcelero era del corregimiento de San Lorenzo de Riosucio, donde tantas veces estuvimos con Lizcano y de donde fue privado de la libertad. Allí se centró gran parte de las obras, recuerdo todas las electrificaciones de veredas que se hicieron, subsidios y mejoras de vivienda; como el que se logró para la familia del guerrillero que lo ayudó a fugar y también llegó la más grande obra; la pavimentación de la vía que comunica San Lorenzo con la carretera Panamericana o el punto denominado La Central.

Lizcano es de esos buenos políticos, de los que no le daba pereza sentarse en la recepción de un Ministerio en Bogotá por varias horas mientras el Ministro se daba por vencido y lo recibía. Nunca esperaba pleitesías, él se sentía y era uno más del pueblo por eso sus lugares favoritos para hablar con la gente era las cafeterías de las dos plazas.

Por eso el día que se llevaron secuestrado a Lizcano, Riosucio cayó en un retroceso del cual apenas está viendo de nuevo la luz de la prosperidad.

Don Óscar, bienvenido y libertad para todos, YA.