Columna de opinión publicada el 11 de septiembre de 2010 en el periódico La Patria de Manizales, Colombia.
Por Sergio Acevedo Valencia.
Dicen que los genios fallecidos jóvenes pasan a la eternidad, pero creo que le faltó vivir más para encontrar una eternidad un poco mejor. Carlos Héctor Trejos Reyes se nos fue cuando lo deseaba y nosotros lo esperábamos. Las limitaciones provincianas le acabaron por colmar su paciencia, el occidente colombiano ya le quedaba pequeño, era necesario que volara fuera de nuestras fronteras. Siempre lamentamos que nunca pudiera estudiar como quiso, aunque su intelecto sobrepasaba cualquier estudio formal al que optara.
A los 25 años de vida ya había ganado varios concursos de poesía, entre ellos el prestigioso Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, con su obra “Manos ineptas”. Trejos no elegía los concursos por ganarle a los demás poetas o engordar su currículo, solo los buscaba por ser la única forma de publicar sus obras, porque el mundo es miserable, la cultura no tiene cabida y presupuesto decente en Colombia.
Amigo, te fuiste como querías, en medio de una buena embriaguez. Esa noche disfrutaste del dulce aroma del ron añejado de nuestra tierra caldense. Te fuiste en ese sueño que llaman la dulce muerte, ni cuenta te diste y nosotros nos dimos cuenta tarde.
Después de muchos años escribo para recordarte, aunque claramente dijiste que no lo querías. Siempre fuiste incomprendido hasta después de tu partida física. Recuerdo gratamente cuando te pasaste por mi colegio, en un día del idioma para leer tu ensayo sobre las bibliotecas y esas mentes ignorantes no atinaron a escucharte. Dejaron ir al único que les pudo dar algo de sapiencia en pequeña comarca.
Han sido muchos años de tu ausencia corpórea. En la dentistería de Guillermo Trejos, en la Plaza de La Candelaria, las mañanas en los sábados de mercado nos hizo falta a Juan Barrera y a mí tu ideas, tus apuntes agudos sobre la realidad de nuestra cognición riosuceña, caldense y colombiana.
Lamento no hubieras visto las carreras de uno de los pocos colombianos que te hubieran caído bien: Juan Pablo Montoya, en la Fórmula 1. No te perdías las transmisiones de esta categoría en directo por el canal brasileño de OGlobo, así las carreras fueran de madrugada, tiempos cuando a nadie le gustaba eso. Pero te cuento que con Montoya en las pistas los colombianos nos volvimos aficionados, aunque vos sabías más de la F1 que millones de colombianos juntos.
Pero qué más se puede hacer, quién sabe qué pasaría con el gato que estabas amaestrando para que recuperara los poemas de amor que le escribiste a tu amada ingrata. Quién sabe qué pasó con tus baúles y tus agendas donde escribías los versos con tus “Manos ineptas”. Ahora han desaparecido los sitios donde te gustaba ir cuando salías de esos encierros de dos semanas dedicados a la creación literaria.
No sé ni dónde quedaron tus libros que con alegría me donaste con tu rúbrica. Demás que alguna fémina pilla se los llevó. El único que guardo como tesoro es el de tu obra inédita, publicada con gran esfuerzo por tus amigos de la Corporación del Encuentro de la Palabra y en el cual honrosamente colocaron mi nombre como colaborador.
Sufriste mucho por no tener papel para escribir. Te cuento que ahora ya poco se escribe en cuadernos de papel. Hay computadores en todas partes y otros artilugios. Alguien te hubiera regalado uno para que no siguieras sufriendo por las malditas hojas que no podías tener para plasmar tus poesías.
Tu velorio fue multitudinario, así no lo querías. Eso sí algunos seguimos tus indicaciones: “Dejadme a los buitres, ellos saben más de cadáveres”. Tampoco me interesó saber dónde estaba tu tumba, pero después de cinco años por coincidencia me la tope. Cuando hacía la visita anual a mis familiares en el cementerio del pueblo endiablado, encontré tu morada sepulcral, dos abajo de la mi abuelo.
Qué falta haces en agosto en el Encuentro de la Palabra. Ahora en tu memoria hay un concurso de poesía que lleva tu nombre, -así no te guste-.
¿Y cómo te va ahora? Sinceramente creo que eres feliz. Mientras a muchos nos dejaste desdichados aquí, ya estás en el mundo de los sueños y las ideas donde siempre aspiraste ir. Aquí la luna todavía no se ahoga en la fuente. Judas sigue sin poder devolver las monedas: nadie se las recibe ni cambia, aunque es un santo comparado con los genocidas de los últimos siglos.
Lo único personal que tengo de ti es el manuscrito que me escribiste para pedir una ayuda, casi una limosna a la alcaldía. Pero como lo dijiste, tú no eras amuleto de suerte y nunca me arrimaron el hombro con la pequeñez que pedía. Gracias al destino, ello no fue indispensable en mi vida.
En tu memoria lo más honroso es que tu nombre aparece en el libro “Quién es quién en la poesía colombiana”, de El Áncora Editores. Estás al lado de los mejores poetas de Colombia en toda su vida republicana.
Hoy en día de lo que conocimos juntos de nuestro pueblo ya no queda mucho. Después de tu ida, ya no había con quien conversar. Es más, al igual que tú, me siento muerto para nuestro terruño. Hace dos años que no lo camino, sólo esta en mis añoranzas y pensamientos diarios.
‘Toto’, no sabes la falta que nos haces, ya sea para hablar de pendejadas y no de poesía, porque los versos fueron tu tormento.
En memoria de Carlos ‘Toto’ Trejos Reyes, a los once años de su fallecimiento un 11 de septiembre.














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